Atardecer gris, premonitorio. Es la hora en que la luz, traviesa, garabatea sobre la ciudad dormida. Imprevisto, demorado sobre el limite de una época feliz, el anden me recibe con su rostro opaco de esperas.
Me escabullo, mas ignorado aún si es posible, sin sonrisas, ni bienvenidas. Ahora sé si mi regreso importa. Una vaga ansiedad me urge y me detiene. Y dentro, muy dentro de mí, ni tristezas ni alegrias. Solo un oscuro callejón de dolor indefinible, solitario.
Llego. Ni luz, ni tibieza, ni beso. A mi alrededor silencio.
La luna celeste, me hace piedra cierta complicidad. Arrojo con descuido el bolso y el abrigo y me dejo caer en el sofá, preso ya de la desdicha y la duda.
¡Que sensación de peligro alerta mis defensas mas intimas!.
Mi tiempo se detiene queriendo minetizarme con la nada. Mi corazón golpea un gong monocorde; y asustado me arrastra a un vértigo de rostros y nombres.
La razón me aconseja rivalidad, ternura, pasión, paz, amor, perdón... por un momento recupero mi esperanza.
Inútilmente.no esta ahí. Esta aquí a mi lado. se ha colado y desde la penumbra me acecha, sinuosa, perversa. la miro fascinado. el miedo que desciende a oleadas de mi insania me da la certeza de la ruptura del ayer.
Y ahora que?.Indago con resignada urgencia y mi vida se cercena víctima del verdugo implacable que me separa del edén. no tengo solución, perdí mi paz.
Se esta tornando cotidiano, cada vez que llego, bajo del tren, nadie me espera... solo ella. La muerte, diáfana y tenebrosa compañía.