No se que hago escribiendo esto, supongo que lo hago como un desahogo, porque ahora me siento mal, hasta hace un rato incluso sentía ganas de llorar de amargura, de dolor, ese dolor que se siente en el pecho y la garganta, que sube por las sienes y que no podes evitar transformar en lagrimas, angustiosas y atribuladas lagrimas que se deslizan esparciendo pesar y congoja por todo mi cuerpo hasta llegar a mi boca y llenar completamente mi cuerpo de un pesado sin sabor, hasta que ya no lo soporto y bebo de ese liquido salino que corre por mi rostro, pero ya no bebo sufrimiento, ya no es aflicción, todo ese dolor que sentía ahora se transforma en odio, repugnante, resentido, desafecto, aborrecido y antipático encono, solo deseo destrozar al creador de esto que antes era dolor y que ahora es una pesada mezcla infecta de retorcido y desahuciado odio y sufrir. No puedo dejar esto, no quiero volver a sentirme así, de modo que tomo mi cuchillo y silenciosamente me deslizo hasta donde quien creo eso descansa apaciblemente ,sin sospechar, solo esta tirado sobre el sillón con los ojos cerrados y el control remoto en su mano derecha, a su izquierda descansa un cenicero con varios cigarrillos apagados, el olor a tabaco lo rodea aun, no puedo soportarlo, me descompone su olor y su aspecto, con la barriga gorda laxa colgando de sus pantalones mugrientos y grasientos. Aspiro profundo y contengo el aire, me subo a su grueso cuerpo; se despierta y me observa vagamente, esboza una sonrisa babeante y libidinosa. Me toma de la cintura y comienza a balbucear vulgaridades incoherentes mientras acerca sus nauseabundos labios a mi pecho, me besa el torso y me resulta intolerable. "Nunca más"-murmuro, detiene sus ojos en los míos con una mirada idiota y descargo el pesado cuchillo sobre su fláccido cuerpo, la sangre comienza a brotar cuando saco el cuchillo de su inmunda barriga peluda para clavarlo una y otra vez, hasta que el sabor cobrizo de su sangre me resulta insoportable y el brazo derecho, que sostiene el arma, se agobia de tan mecanizada labor. Miro su inerte cuerpo, los ojos aun abiertos, solo que ahora están cubiertos por un suave velo blanquecino, su boca , al igual que sus mejillas, siempre sonrosadas ahora comienzan a tomar un color morado y el cuerpo que siempre recordé ardiente, como cada vez que irrumpía en mi cuarto para violarme, ahora estaba frió, interfecto. Una cínica alegría recorrió todo mi cuerpo, y no me importo cuando la policía, alertada por los vecinos que habían oído los gritos, golpeo mi puerta, ni cuando el jurado y la gente aplaudió a Blumberg por bajar la edad de imputabilidad a 16 años y hacer posible que me condenen por el asesinato de mi padre. Nada de eso me importaba, porque ahora era libre.